Desde los tiempos de la dominación española, nuestros más insignes poetas, y escritores se ocuparon del tema y hasta hubo alguien que lo llevó al teatro Manuel Carpio, Juan de Dios Peza, Vicente Rivapalacio y otros más, dieron espacio y escenario en sus letras a la mujer en pena.
Y, sobre todo, qué trasnochador que la haya visto y oido no refiere la fantástica aparición con riqueza de detalles que hacen temblar de espanto?
Horrible y aterradora, nos decía hace poco un amigo nuestro que, pese a su innegable valor y bien probada hombría, sufrió encrespamiento de nervios al narrar el suceso.
Con decir a ustedes que hasta se alejó de la parranda por varios meses, nada más por llevar muy hondo el impacto de aquella visión.
En estas retorcidas callejas de Guanajuato, el gemido largo y lastimoso ha tenido eco en los rincones más callados, después de las once de la noche, cuando no hay en los callejones más alma que el minero que viene del turno de noche, cansado de rendir la jornada o bien trasnochador, que a esas horas, ya sin encontrar donde seguir la juerga, ve obligado al retorno al hogar.
Lo curioso es que el motivo de tanto dolor difiere de lugar en lugar y de persona a persona.
Unos dicen que es la casta novia que en vísperas de casarse perdió al bienamado galán y enloqueció ante el desgarramiento que le produjo el fracaso amoroso.
Otros cuentan que es la sombra doliente de una viuda que a la muerte del esposo y quedar desamparada, llora por la angutia de ver a sus hijos hambrientos, falleciendo en su presencia, sin poder remediar su situación y con gritos desgarradores llora su miseria.
Otros refieren que es la mujer dulce y buena a quien el marido quitó la vida en un arrebato de infundados celos, que viene a probar su inocencia.
Aquí en Guanajuato hay una versión particular que voy a referir a quien estas líneas leyere.
Tiempos de bonanza minera, cuando el dinero se gastaba con esplendidez. Se trataba de una hija de noble familia, rica y opulenta, con todos los atributos que hacen bella y codiciable a una mujer.
Sus padres la procuraban con singular esmero, pero los hombres la cortejaban con incansable galantería.
En medio de esta lucha callada vivía esta linda criatura, hasta que un día, !oh sorpresa!, del balcón de su alcoba colgada encontraron una soga hacia la calle.
La doncella de la bella joven es la primera en dar las voces de alarma. El lecho estaba intacto pero la alcoba vacía...
Mil conjeturas se hicieron en torno al suceso.
Pasó el tiempo y de una de las casas que dan a lo que fue el río de Guanajuato, hoy calle Hidalgo, a las doce de la noche, vistiendo un camisón blanco que llega hasta el suelo, sale una mujer que en brazos lleva un bulto pequeño envuelto en harapos, y caminando por Cantarranas llega a la plaza del Hinojo; allí, en el quicio de una puerta, lo deposita. Entonces, como espantada de su propia acción, exhala un alarido desgarrador, hondo y largo, que perfora los oidos y se posesiona de quien lo escucha...
Ya el lector se habrá percatado cuál habra sido la inocente travesura de la Llorona.