El Hombre que decidió la Suerte de México



Al leer este encabezado, muchos creerán que nos referimos a Hidalgo, a Morelos o a cualquier otro de los héroes que intervinieron tan decisivamente en los destinos de la patria. No supondrán que se trata de un modesto minero, oriundo de San Miguel de Allende, pero que por entonces trabajaba en el vecino mineral de llamado: Juan José de los Reyes Martínez, más conocido en la historia por el mote del "Pípila".

Ya sabemos que Hidalgo, una vez descubierta la conspiración, reunió un puñado de gente del pueblo, entre quienes se encontraban los reclusos de la cárcel, y con ellos y los que se iban reclutando en el camino; llegó a Guanajuato.

Su objetivo principal era tomar La Alhóndiga de Granaditas, donde el intendente Riaño se hizo fuerte con los soldados de guarnición. Los tesoros que estaban a su cuidado (como tres millones de pesos, de ese entonces), plata en barras, dinero en efectivo y hasta el azogue de la Real Hacienda, además de los pertrechos y alimentos, eran necesarios para resistir el sitio. El combate fue espantoso y los actos de valor y heroísmo se sucedían de uno y otro bando.

Sin embargo, hay que advertir que los que se refugiaron en la Alhóndiga no fueron únicamente españoles, sino también familias criollas de posición media y acaudalada, que no ignorando los resultados del saqueo, temían no solo por sus bienes sino por sus vidas, en virtud de que como en Guanajuato la existencia había sido pacífica, no tenían más que escasísimas armas.

Recuérdese el parte de Riaño a Calleja: "Venga a m auxilio porque no tengo para defenderme más que unas espadas que parecen de vidrio. Voy a resistir porque soy honrado."

En la cruenta e inenarrable batalla, ese hombre del pueblo, el humilde barretero de Mellado, se echó sobre la espalda una losa, provisto de una tea, y caminando a rastras llegó hasta la puerta misma de la Alhóndiga, a la que prendió fuego, después de haberle untado brea. Al ceder la madera, la multitud se avalanzó sin importarle que muchos caían muertos ante las decargas cerradas de los españoles. Caían unos y sobre ellos pasaban otros, para sostener, en el patio del edificio, la lucha cuerpo a cuerpo, igual&aacutendose de este modo las fuerzas, pues las armas de fuego ya no valían en ese momento, hasta correr la sangre como un arroyo por la puerta y por la calle Mendizábal hacia abajo...

De aquí la razón de este capítulo: de no haber sido por el arrojo del "Pípila", Hidalgo no hubiere tomado Granaditas y la suerte de la insurrección habría sido otra; es decir, la Independencia de México se habría consumado, pero quien sabe cuánto tiempo más tarde, en qué condiciones y a costa de qué sacrificios. El éxito de ese histórico choque entre insurgentes y realistas se debió principalmente al valor del "Pípila".

Finalmente, con este trascendental episodio se abre la parte incial de una epopeya en la que Guanajuato se cubre de gloria y que significa una de las páginas excelsas de la Historia de México.


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