Las iniciativas partían de su imaginación. Hombre afortunado, triunfaba en todo lo que emprendía.
Una ocasión, queriendo hacerse notar por sus extravagantes ideas, invitó a sus condiscípulos para una apuesta tanto más rara cuanto irreverente: el se que sintiera más "hombre" entraría al cementerio del lugar (Guanajuato) a las doce de la noche, dejando una señal que los demás comprobaran al día siguiente.
Pero esta vez, como siempre, Luis daba la idea, más no la realizaba. Al contrario, proponía que fuera Jerónimo, físicamente el más fuerte, al mismo tiempo que el más sumiso y en todo momento dispuesto a cualquier cosa por sus amigos.
Sin embargo, hubo uno que dijo: -"No es justo, debemos hecharlo a la suerte. El que pierda será el que entre."-
Con una moneda se decidió esta situación, y !oh sorpresa!, correspondería a Luis esta osadía.
Aunque en el fondo era algo cobarde y en esa ocasión sentía temor de un modo particular, tuvo que disimularlo.
El grupo se encaminó hacia el panteón. Debemos decir que esto sucedió a principios de siglo, cuando en esta ciudad de Guanajuato funcionaba la antigua Escuela de Medicina.
Como la aventura que referimos era entre estudiantes y precisamente en un 2 de noviembre, consagrado a los difuntos, fue que Luis concibió la sacrílega idea de que esa noche sería la visita al sitio funerario.
Se usaba por entonces, en lugar abrigo, la amplia capa de estilo español.
Imaginemos al grupo ya en la puerta del cementerio. El perdedor, como seña convenida, clavaría una estaca en alguna tumba de las que estuvieran al fondo, pues así atraviesaría totalmente el camposanto.
Sin remedio, Luis tenía que entrar y entró. El ánimo le sobrecogía. Apenas se sintió un tanto alejado de los demás, empezó a silbar una tonada cualquiera, la que primero vino a su memoria. Así distraía la imaginación y ayudaba a controlar sus nervios.
Llegó por fin a la última hilera de tumbas, cerca del hipogeo que contenía a las momias.
En una mano la estaca y en la otra una piedra que le serviría de martillo.
Se dispuso a cumplir su atrevida e irrespetuosa misión. Colocó la estaca sobre el suelo y con la piedra dió tres, cuatro, cinco golpes... en realidad no supo cuántos fueron. Sus piernas temblaban y en su cerebro se agolpaba la sangre. El corazón latía con más frecuencia y una fría transpiración le bajaba por la espalda...
Terminó de clavar y ya se disponía a regresar, cuando sintió que por detras de él alguien le retenía con gran fuerza...
En vano pasó el tiempo. Luis no regresaba. Sus amigos no se atrevieron a indagar lo que había ocurrido y, si bien es cierto que en extremo se encontraban apesadumbrados, sin proferir palabra regresaron a sus hogares. Al día siguiente el camposantero encontró muerto al joven Luis, con un faldón de la capa clavado sobre el suelo.